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De periodista confidente o chivato a casi mártir de la prensa

Por Bienvenido Scharboy

Aunque es algo que nació con nuestra condición de República, una de las prácticas que más daño ha hecho a los procesos de luchas sociales y a los proyectos emancipadores ha sido la traición.

La traición a las causas patrióticas y a las luchas sociales y reivindicativas ha sido sustentada y/o acompañada de las delaciones de los preparativos de cualquier plan de carácter insurreccional o de simples jornadas de luchas reivindicativas.

Han sido muchos, a lo largo de nuestra historia, los personajes que han sido identificados como traidores o delatores de una causa.

Sin embargo, tenemos que diferenciar entre una persona que traiciona una causa o ideales y se pasa de un momento a otro a la acera contraria por beneficios económicos, porque se vende al mejor postor, sin haber colaborado previamente con el enemigo y aquellos delatores que ofrecen informaciones, principalmente a los organismos de seguridad, para eliminar o controlar dirigentes señalados como un peligro para el sistema y los gobiernos de turno.

De estos últimos casos, hay un área profesional que siempre ha tenido infiltrados y que los organismos de seguridad lo han asimilado a sus nóminas, para que brinden informaciones de primera mano, ya sean noticias, fotos, videos, etc.

Con el párrafo precedente, me imagino que si su inteligencia no se ha ido de vacaciones se ha dado cuenta que me refiero a la prensa o al ejercicio del periodismo.

Desde los gobiernos de los fatídicos 12 años del dictador Joaquín Balaguer hasta las más recientes administraciones gubernamentales han contado con los servicios de periodistas, camarógrafos y fotógrafos chivatos, a cambio de una miserable e inmoral remuneración.

Aclaró, que no son todos los periodistas y fotorreporteros que se han prestado a este inmoral oficio de informante, es una minoría insignificante; pero que ha hecho mucho daño a la carrera y a las personas víctimas de sus delaciones. Así es que la mayoría que hace su trabajo con ética profesional no debe darse por aludida.

Este preámbulo viene al caso, debido a que en los últimos meses y semanas he visto como ensalzan a un colega fallecido, casi a la categoría de mártir de la prensa; pero ignoran los daños que como profesional pudo haber causado a muchas causas sociales y a luchadores/as por una mejor nación; en un tramo de su carrera cuando desempeñó la labor de confidente de la Policía Nacional.

Un ejemplo basta y sobra         

Era la mañana del 24 de septiembre de 1990, compungidos y con el alma lacerada nos encontrábamos en el Cementerio de la Máximo Gómez sepultando a los compañeros Eduardo Mármol y Ayanes De Frank (Ayanis), de la Unión Nacional de Estudiantes Revolucionarios (UNER), quienes habían fallecidos el día anterior, en medio de los preparativos de una jornada nacional de protesta contra el gobierno ilegítimo de Joaquín Balaguer.

En el camposanto solo se sentían las voces de las personas que pronunciaban el panegírico y exaltaban las cualidades revolucionarias de los combatientes caídos, incluido Pedrito, que fue sepultado en su pueblo natal. A los/as demás nos dominaba el silencio y ni las hojas de los árboles se movían, mientras dejábamos bajo tierra a dos valiosos revolucionarios y compañeros queridos.

Ya concluido el entierro, yo había definido mi ruta de retirada, debido a que los organismos de seguridad me buscaban porque a la media hora de la explosión en el viejo Marión, hicieron un allanamiento a la casa de Ayanis y confiscaron una foto en la que aparecía con él en Nicaragua en 1988.

Por estas razones, decidí retirarme saltando una pared del cementerio cerca de la puerta que está frente a la calle conocida como la 20. Y salí airoso, logré esquivar a los agentes vestidos de civil que vigilaron el entierro.

Sin embargo, una pareja, militantes de la causa, salió caminando por la puerta principal del cementerio y cuando llegaron a la Máximo Gómez fueron apresados por una patrulla de la Policía Nacional y llevados al Palacio de la institución.

Ya en ese centro de torturas, los llevaron a una oficina donde estaba un coronel y cuando lo sientan, un policía vocifera: ¡Coronel lo llama el periodista T…del periódico…tal! De inmediato el coronel toma el teléfono y el periodista comienza a ofrecerle al oficial los nombres de las personas que hablaron en el entierro de Ayanis y Eduardo y el oficial lo va anotando, al compás que lo iba confirmando en voz alta.

Entre los que hablaron frente a las tumbas estaba el compañero apresado junto a su compañera y cuando el coronel se da cuenta de dónde procedían los detenidos los manda a sacar de la oficina.

No recuerdo cuántas horas o días la pareja de militantes permaneció presa. Yo seguí ocultándome casi un mes, porque la Policía seguía investigando el caso, pero cuando fueron al barrio a buscarme hicieron el allanamiento en la calle Barahona 63 y mi residencia materna era la 53.

Los vecinos solo me dijeron que estaban buscando a alguien con un “apellido raro” y a mí en el sector me conocían más por un apodo.

Al transcurrir un tiempo me encontré con ese colega chivato o confidente y le enrostré su condición de informante y los daños que a lo mejor había causado a mucha gente, sin descastar crímenes policiales o de Estado basados en las informaciones que él aportaba.

Esa discusión se repitió como en dos ocasiones más, luego de las cuales él intentaba saludarme con mucho respeto, pero nunca le di la mano, porque no saludo a traidores.

Ahora ese colega confidente o chivato murió y veo que es exaltado casi a la categoría de mártir de la prensa, no sé si por ignorancia o por la frase con la que nunca he estado de acuerdo de que “los bomberos no se pisan la manguera”.  

NOTA: De la pareja apresada vive la compañera, no cito su nombre porque no estoy autorizado. Ella es testigo de todo lo que digo sobre el colega chivato fallecido.     

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