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¡Balaguer imperialista, tú mataste al periodista!

Por Bienvenido Scharboy

Pasada las diez de la mañana, del 18 de marzo de 1975, retumbaba por las calles de Ciudad Nueva, San Antón, y otros sectores aledaños la consigna ¡Balaguer imperialista, tú mataste al periodista!, enarbolada a todo pulmón por cientos de estudiantes indignados por el asesinato la noche anterior del aguerrido periodista y dirigente del desaparecido Partido Comunista Dominicano (PCD), Orlando Martínez Howley.

Y es que desde la noche del 17 de marzo, el pueblo dominicano se había enterado por los medios de comunicación de este nuevo horrendo crimen perpetrado por órdenes del dictador Joaquín Balaguer, en sus funestos 12 años de gobierno, para acallar una pluma crítica a todos los desmanes cometidos en su mandato, incluido crímenes de Estado.

En ese año estudiaba en la Escuela Argentina, que estaba ubicada en la calle Juan Isidro Pérez, entre la avenida Duarte y la calle Hostos, al lado donde funcionaba la cancha del Club San Antón, y que hace varias décadas ambas instalaciones fueron demolidas para dar paso a la ampliación de las ruinas de San Francisco.

En ese entonces, tenía 13 o 14 años y  como miles de muchachos de esa época, arriesgábamos el pellejo movilizándonos en las calles, sin importar los riesgos que corríamos frente a los aparatos represivos, que arremetían a bombazos, macanazos, balas, culatazos, chuchazos, contra los opositores sin tener en cuenta la edad de quienes desafiábamos al régimen.

Es que éramos “muchachos”, “mozalbetes” “niños y niñas”, que asumíamos riesgos como personas mayores de edad, en las jornadas de lucha libradas por las organizaciones sindicales, de izquierda, estudiantiles, de choferes, contra la represión, la libertad de los presos políticos, el regreso de los exiliados, libertad y democracia, entre otras demandas.

Siguiendo la misma dinámica de movilización utilizada por el movimiento estudiantil de la zona, esa mañana del 18 de marzo los estudiantes del Liceo Unión Panamericana bajaron al liceo Paraguay, en Ciudad Nueva, de ahí al Instituto de Señoritas Salomé Ureña, en la calle Padre Billini, y luego subieron a la escuela Argentina, formando una gran masa humana de indignados contra el crimen y la represión.

Cerca de las diez de la mañana y después de esperar con ansias, mirando hacia afuera por las ventanas de la escuela, llegó ese mar humano de estudiantes movilizados. Una parte penetró al interior del plantel y emocionado e indignado nos unimos al grupo vociferando ¡Balaguer imperialista, tú mataste al periodista!

Como en esos largos doce años de latrocinio y crímenes, todos los/as estudiantes de escuelas públicas utilizaban el mismo uniforme (camisa azul y pantalón kaki), escondido de mi madre, siempre teníamos en la mochila una camisa de otro color, cuando anunciaban jornadas de movilizaciones o sospechábamos “íbamos para las calles por algún motivo”.

La camisa sustituta la utilizábamos para cambiárnosla en la escuela, antes de salir a las calles y así tratar de evitar caer en las manos de los cuerpos represivos cuando aparecieran con sus ansias de aplicar sus métodos criminales; pero ese día, lamentablemente, se me olvidó entrar la vestimenta sustituta.

Abusando de la memoria recuerdo, que tras salir de la Argentina nos dirigimos a la escuela Uruguay, en la calle Caracas de Villa Francisca y luego a la Escuela Chile, en la Montecristi, en San Carlos.

Ya cuando las masas, en un intento por dirigirse hacia el liceo Juan Pablo Duarte, doblaron por la calle Abreu, en dirección a lo que es hoy el Huacalito, al llegar a la calle Álvaro Garabito, se apareció un contingente de la banda criminal llamada Policía Nacional, y agentes del temible Servicio Secreto (SS) y comenzó el “juidero” huyéndole a los tiros, bombazos y golpes de estos esbirros.

Yo era un muchacho de más de cinco pies y muy delgado, lo que me ayudaba, sin ser atleta de atletismo, a correr como una gacela para no caer en las garras de los represivos.

En el momento de la estampida, por la llegada de las fuerzas del crimen y el desorden, escuché a mi espalda a alguien vociferar “agárrame ese flaco”, segundos después sentí un chuchazo en mi espalda y sin mirar atrás acelere la carrera, doble en bola de humo a la derecha y me lancé por una ventana que estaba abierta, caí en la sala de una casa y no seguí corriendo porque había una pared muy alta, en el patio.

Luego supe que quien me dio el chuchazo fue el temido oficial de la Policía Nacional que apodaban “Polanquito”, un esbirro que por sus manos corrió la sangre generosa de muchos jóvenes asesinados.

Por suerte, caí en la casa de una familia antibalaguerista, que me protegió y como todo mozalbete con miedo, de ahí no quería salir con temor a que me estuvieran esperando para apresarme.

Así viví las primeras horas de la mañana del 18 de marzo, en las protestas contra el crimen de Orlando Martínez.

Cuando llegué a la casa mi madre mi miró con asombro, un poco como sorprendida, por las horas que habían pasado, pues, ella siempre tenía la sospecha que en cualquier protesta su hijo, aun menor de edad, podía haber caído preso.

1 Comentario »

  1. Buen retrato de esa jornada de protesta contra el autoritarismo de la época. Yo participe en ella ,pero no se por cuales razones la abandoné en la calle Ravelo antes de llegar a la escuela Uruguay, que entonces muchos llamaban La Julio.

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