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El mundo en las manos de media docena de grandes farmacéuticas

El trágico año 2020 termina con una mezcla de esperanza y decepción. Si por un lado, 16 países ya comienzan la inmunización de sus poblaciones, por otro, la vacunación en masa en el mundo aún es un horizonte lejano, profundizando la desigualdad evidenciada por la pandemia. De la posibilidad de distanciamiento social, pasando por el tratamiento y el acceso a las unidades de terapia intensiva (UTI’s) y los respiradores, ahora, el mundo será dividido entre los que serán vacunados y los que aún estarán expuestos al nuevo coronavirus que ya mató a 1,7 millones en el planeta.

Por Diego Cruz

El desarrollo de la vacuna contra el Covid-19 en tiempo récord es, sin duda, un gran hecho de la ciencia. En el inicio de la pandemia se especulaba que la primera vacuna demoraría años para ser creada, testada y, por fin, aplicada. Meses después ya existen por lo menos 18 vacunas en la última fase de testes clínicos, en general con resultados bastante promisorios. Cinco de ellas ya liberadas para uso de emergencia y tres con registro definitivo. En total 64 vacunas están ahora siendo testadas en seres humanos, y otras 18 están en fase preclínica.

Este avance científico, sin embargo, promete beneficiar apenas a una fracción de la población mundial, mucho menos que el 70% necesario para que se llegue a la inmunidad de rebaño. Relevamiento de la ONG en asociación con Amnistía Internacional y Justicia Global muestra que los países ricos, con solo 14% de la población, ya garantizan 53% de las vacunas más promisoras. Mientras tanto, 67 países pobres tendrán vacunas para inmunizar apenas a una de cada diez personas en 2021.

El consorcio Covax Facility de la Organización Mundial de la Salud (OMS), una especie de “canasta” de vacunas destinada a los países periféricos, aseguró 700 millones de dosis a los países pobres en 2021, algo absolutamente insuficiente para una población de 3.600 millones de personas. Además, las empresas con las vacunas más adelantadas, como la Pfizer/BioNTech y Moderna, no hacen parte de la Covax. La Pfizer tiene 95% de su producción garantizada a los países ricos, y la Moderna 100%.

Un negocio lucrativo

La corrida por la vacuna se tornó más que una necesidad urgente frente a la pandemia. Para los grandes laboratorios farmacéuticos, se transformó en una oportunidad única para una industria que ya mueve 770 mil millones de dólares al año.

Un relevamiento de la revista Exame muestra el crecimiento exponencial de esas empresas, principalmente las menos conocidas, que se tornaron blanco principal de los inversores. La alemana BioNTech, por ejemplo, que desarrolla la vacuna en conjunto con la gigante Pfizer, estaba valuada en 8,7 mil millones de dólares a inicios del año, y hoy ya vale 28,6 mil millones, un crecimiento de 250%. Por su parte, la norteamericana Moderna valía 6,4 mil millones de dólares a inicios de la pandemia, y hoy está valuada en 60,6 mil millones.

El fundador de la BioNTech, el alemán Uğur Şahin, vio su fortuna personal sobrepasar los 5.000 millones de dólares, entrando en la lista de los 500 mayores multimillonarios de la Bloomberg. Destino semejante tuvieron los fundadores y principales accionistas de los laboratorios que están al frente de la producción de las principales vacunas.

Uğur Şahi, fundador de la BioNTech.

Por su parte, la anglo-sueca AstraZeneca, que desarrolla la vacuna en conjunto con la Universidad de Oxford, vio aumentar su valor de mercdo 4,6%. Alza que, a primera vista parece poco significativa, pero que cambia si se considera que estamos hablando de una compañía que vale 132.000 millones, y cuya ganancia líquida (descontando los gastos) más que se duplicó en el tercer trimestre del año, de 299 millones a 648 millones de dólares. Analistas financieros evalúan que la Pfizer y también la norteamericana Moderna lucrarán al menos 32.000 millones de dólares con las vacunas en 2021.

La AstraZeneca prometió disponibilizar los inmunizantes a precio de costo mientras “durase la pandemia”. Pero, según el Financial Times, un contrato con una de sus fabricantes afirma que ella puede decretar el fin de la pandemia en julio de 2021, cuando una ínfima parte de la población ya habría recibido la vacuna y las ventas estarán en alza. Promesa semejante fue hecha por la gigante Johnson & Johnson, que dijo abrir mano del margen de ganancia para uso de emergencia de la vacuna. Pasada la “fase de emergencia”, quién sabe quién define eso, la empresa puede cobrar lo que quiera.

La lógica que mueve gran parte de la industria farmacéutica, sin embargo, va más allá del corto plazo; gigantes como la Johnson & Johnson, que no observaron un crecimiento tan grande como las farmacéuticas menores, proporcionalmente, y cuyos negocios se extienden más allá de la pandemia, buscan mucho más que simplemente vender vacunas. Procuran mejorar una imagen hace mucho desgastada frente a la opinión pública, justificadamente quemada por años de abusos y explotación predatoria en un negocio que tiene como base la vida y la salud de la población. Práctica que, además, da base a movimientos como el antivax y toda suerte de teorías de la conspiración y oscurantistas anticiencia.

Financiamiento público, ganancia privada

Lo que a primera vista puede parecer la demostración de una supuesta eficiencia de una economía de mercado en suplir la principal demanda frente a la peor pandemia en un siglo: las vacunas, muestra, sí, cómo los gobiernos actúan en pro de las ganancias privadas.

A pesar de privadas, la casi totalidad de las pesquisas que culminaron en el desarrollo de las vacunas contra el Covid-19 vinieron de inversiones públicas. AstraZeneca, Moderna y Pzifer/BioNTech recibieron juntas más de 5.000 millones de dólares de inversiones públicas. Terminada la producción de las vacunas, sin embargo, en general las empresas no abrirán mano de los derechos de propiedad intelectual. La patente de la vacuna de AstraZeneca, por ejemplo, será de la Oxford, coproductora del inmunizante. Pero la farmacia tiene exclusividad en la fabricación y el licenciamiento del producto.

En general, las grandes farmacéuticas no van a abrir mano de la patente, mucho menos compartir la tecnología de sus vacunas.

Se beneficiaron con inversiones públicas en pesquisas, tuvieron garantizada la compra por los gobiernos imperialistas, con precios poco transparentes, y lucrarán en el futuro con el licenciamiento de los inmunizantes. Y el mundo, sobre todo la población más pobre, continuará en manos de media docena de grandes empresas dominadas por mega inversores, y aún esperando en el final de la fila para ser vacunada.

El caso de China

China, aparentemente, va a contramano de las grandes farmacéuticas privadas de Occidente. El país, que tiene la pandemia controlada en su territorio, puso el desarrollo y la producción de vacunas como gran prioridad. Xi Jinping prometió la exportación de 600 millones de dosis en 2021, habiendo dispuesto ya tres millones al Brasil, a través del acuerdo de la Sinovac en San Pablo, además de insumos para países como los Emiratos Árabes, Indonesia y Filipinas.

El país tiene en este momento cinco vacunas de cuatro empresas diferentes en la fase 3 de testes (la última), realizado en 16 países. La Sinovac desarrolla la CoronaVac en acuerdo con el Instituto Butantan, y testa la vacuna también en Turquía e Indonesia, habiendo cerrado contrato incluso con Perú. Existe aún la estatal Sinopharm, que desarrolla dos vacunas, y los inmunizantes producidos por la CanSino Biologics (que ya viene siendo aplicado en el Ejército chino y con contrato firmado con México) y la Anhui Zhifei Longcom (que anunció recientemente la fase 3 de testes, pero que aún no tiene nada publicado).

Fábrica de la Sinovac Biotech en Pekín.


La prensa extranjera viene llamando la ofensiva china como la “diplomacia de la vacuna”. El objetivo sería el de ocupar mercados y fortalecer la posición de país en los lugares donde China ya tiene importante actuación en el comercio y en la infraestructura, formando lo que las propias autoridades del país denominarían “ruta de la salud”, en referencia a la antigua “ruta de la seda”. Sería, en suma, abrir y consolidar el camino para el capital “chino”, en verdad, transnacionales que, alineadas políticamente con Pekín, son impulsadas por grandes fondos de inversiones internacionales.

El mayor ejemplo de eso es la empresa que viene ganando destaque mundial exactamente por su actuación en el Brasil y la disputa política que se abrió entre el gobernador João Doria y Bolsonaro. A pesar de que la Sinovac es un holding con sede en Pekín, con sus cuatro fábricas localizadas en el país, tiene desde 2009 el capital abierto con acciones negociadas en la Nasdaq. De acuerdo con el reportaje del Estadão, el holding está registrado en Antigua y Barbuda, un conocido paraíso fiscal. A inicios de diciembre, recibió un aporte de 515 millones de dólares de un grupo financiero llamado Sino Biopharmaceutica, con acciones negociadas en la Bolsa de Hong Kong.

Una ruidosa disputa accionaria, que culminó en la invasión de la sede de la empresa en 2018 por un grupo de inversores, y una tentativa de golpe contra los socios mayoritarios el año siguiente, suspendieron temporariamente la negociación de los papeles de las empresas en la Nasdaq y sirvieron para hacer aún más oscuras las relaciones de la biofarmacéutica con sus accionistas.

El hecho es que los laboratorios chinos están siendo utilizados como punta de lanza en la estrategia geopolítica de Pekín en la exportación de capitales, disputa y conquista de mercados.

Pandemia de capitalismo

La verdadera profusión de vacunas producidas en tiempo récord es desproporcional a la cantidad de personas que quedarán sin recibir cualquier tipo de inmunización en 2021, mientras que los países imperialistas tendrán reservas suficientes para vacunar a su población tres, cuatro o hasta cinco veces. En la periferia del capitalismo, las muertes no ocurrirán solo por el Covid-19, la pobreza o la miseria, como ocurre ahora. Morirán por falta de vacunas. Lo que podría ser una victoria de la ciencia y un hito en la historia de la humanidad se transforma en el mayor ejemplo del fracaso de este sistema.

La corrida de las vacunas y el surgimiento de decenas de inmunizantes en pocos meses, que van de técnicas más antiguas a la innovación de la utilización de RNA, con una producción en larga escala en un plazo nunca visto antes, evidencian que sería posible poner en marcha un amplio programa de vacunación en masa de, si no toda, por lo menos buena parte de la población mundial. Más aún, compartir tecnología, conocimiento de know-how, en nivel mundial, podría potencializar mucho más el desarrollo, la velocidad, la seguridad y la calidad de las vacunas. En lugar de eso, el talento y los esfuerzos de millares de científicos e investigadores están sometidos a las ganancias de media docena de multimillonarios, banqueros y especuladores que diputan el mismo mercado entre sí. Y de los países imperialistas, ávidos en retomar la economía cuanto antes.

La pandemia comenzó arrojando en la cara del mundo la brutal desigualdad social, matando sobre todo a la población más pobre y vulnerable, sin acceso a la posibilidad de distanciamiento social, o a tratamiento médico o siquiera testes. La falta de acceso a la vacunación promete ser el desenlace de esta tragedia.

Artículo tomado de…

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